Reeditamos esta antigua publicación de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, misma que daba cuenta de algunas decisiones que debían tomar los criadores de caballos en sus días. Hoy, con una denominación oficial, el caballo de “Pura Raza Chilena” es identidad nacional, patrimonio único y un verdadero orgullo de nuestra tierra en todo el mundo.

Luis Valentín Ferrada V.
Criadero “Caballos de Valenzuela”
De pura raza chilena

Para un número considerable de cultores del caballo de pura raza chilena – también llamado “caballo chileno”, a secas; o, “caballo del país”, por nuestros antepasados; o, “caballo corralero”, por nuestra gente de campo; o, “fina sangre chilena”, por muchos extranjeros, entre ellos don Emilio Solanet, en Argentina – el tema de establecer con claridad su verdadero nombre, es  asunto muy importante.

Este debate se inició hace algunos años en el seno de la Federación de Criadores de Caballos Chilenos, con motivo de una proposición para incluir, como “apelativo” del nombre histórico de nuestro caballo, la palabra “Criollo”,  misma que  se ha ocupado, desde mediados del siglo pasado,  en los países del Atlántico del sur de América, para definir una raza caballar que les es propia.

La discusión ha resultado áspera y odiosa; motivo de diferencias  que han tendido a dividir donde debiera existir unidad en torno a nuestra joya nacional;  y, por sobre todo,  ha llegado a ser este debate  – además de inconveniente –  fuente de confusiones que deben ser necesariamente aclaradas.

Enrique Contreras

Presidente

Pedro Muñoz

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Todo obliga a superar adecuadamente esta discusión, para atender a  los  intereses principales que deben unirnos. Para ello,  lo mejor es siempre aclarar, lo más profundamente posible,  los antecedentes y alcances de todo aquello  que provoca las diferencias. ¡Cuántas veces, cada uno de nosotros, se ha visto envuelto en diferencias, más o menos profundas,  sin apreciar o conocer bien el contenido de lo que provoca estos disensos dañinos!… ¡Cuántas veces los prejuicios pueden  más que los juicios!…

Si,  con respeto somos capaces de contestar adecuadamente las  preguntas que siguen a continuación, tendremos la seguridad de que las sentidas preocupaciones que se han despertado entre tantas personas de gran tradición y apego a nuestro caballo, serán disipadas.

Sin embargo, antes de pasar a  las preguntas y  respuestas que, a mi juicio, son las  necesarias para dirimir las diferencias experimentadas entre muchos de nosotros , permítaseme reiterar  una verdad que, por sí misma, está llamada a constituirse en un elemento importante de claridad: la iniciativa de promover una solicitud para obtener el Decreto Supremo que ha declarado a nuestro caballo como Monumento Natural Nacional, tiene su mejor origen en una persona a la que todos nosotros debemos sincera y enorme gratitud,  por su permanente obra y dedicación a la protección de las más puras tradiciones de la chilenidad: don Agustín Edwards Eastman, actual Presidente de nuestra Federación chilena y también de la FICC.

Todo lo hecho en el sentido indicado fue bajo su dirección  y decidido apoyo. Fue él quien mejor comprendió, desde un inicio, la trascendencia del paso que se daría en beneficio de nuestro caballo chileno; y,  seríamos   muy ingratas e injustas personas si no reconociéramos, en su persona,  lo mucho que don Agustín Edwards nos ha entregado, por años,  a favor – no solo del caballo chileno – sino del conjunto de tradiciones y valores chilenos que conforman la base sólida de nuestra identidad nacional.

Si algún pequeño mérito se reconociera a quienes nos correspondió tramitar esta feliz iniciativa – quien escribe y nuestro Vicepresidente Luis Iván Muñoz –    dicho mérito es preciso dedicarlo, como modesto testimonio de admiración, a don Agustín Edwards, reconociendo en él a uno de los chilenos que más ha contribuido en esta última etapa de nuestra historia patria al engrandecimiento de los valores y sentimientos de nuestra nacionalidad.

Si una de las características más marcadas de nuestra gente de campo y de nuestros huasos, es la nobleza, debemos reconocer con sincero afecto  la  deuda de gratitud que los chilenos debemos al señor Edwards; aspecto que para mí resulta esencial destacar, como cuestión necesariamente previa a todo debate en el cual participe sobre estos temas.

¿ Cuál es el verdadero nombre de nuestro caballo?…

Desde la dictación del Decreto Supremo N° 17, de abril del presente año, no puede caber duda de que el único y verdadero nombre es el de “Caballo de pura raza chilena”. Toda otra designación es ajena al orden legal chileno.

El caballo de pura raza chilena – en virtud del Decreto Supremo dictado – ha sido reconocido como un bien nacional que, como tal y atendida su trascendental importancia natural, hace parte excepcional  de nuestro patrimonio nacional.

Es decir, el caballo nacional se ha constituido en una institución y un bien nacional (lo que no era así reconocido antes del D.S. N° 17) y posee una identidad propia y definida.

En cuanto bien nacional, nuestro caballo posee una categoría jurídica precisa: es un monumento nacional natural; y, como bien nacional, posee un nombre propio concedido la Autoridad correspondiente: Caballo de Pura raza Chilena.

Para mayor claridad del régimen jurídico aplicable, diremos que en Chile existen dos clases de Monumentos Nacionales: a) los que provienen de la obra humana, como edificios, obras de artes, libros, etc. y que se rigen por la Ley de Monumentos Nacionales; y, b) los  que se originan en la naturaleza o pertenecen al mundo natural, y que se denominan Monumentos Nacionales Naturales, los que  poseen su propia legislación.

La legislación chilena sobre Monumentos Nacionales Naturales posee carácter internacional. Ella emana, principalmente, del Tratado Internacional de Washington de 1942, ratificado por Chile, y que obliga con fuerza de ley, tanto  a nuestro Estado como a  todas las demás Naciones suscriptoras,  a reconocer sus términos y decisiones.

¿Porqué caballo de pura raza chilena y no, en cambio,  “Fina Sangre chileno” o, más a secas, “caballo chileno” ?…

Porque la Autoridad Nacional – en el D.S. N° 17 – no solo ha reconocido a nuestro caballo como un Bien Nacional Patrimonial sino,  más, ha reconocido que dicho bien hace parte de una Raza Caballarúnica y especial en el mundo.  La raza del caballo chileno, y de allí su nombre propio.

Raza que, como tal, debe  próximamente ser reconocida, de manera universal,  a través de la correspondiente tramitación y aprobación  en la Organización FAO de Naciones Unidas, con sede en Roma, Italia, para la cual ya se han dado los primeros pasos decisivos.

       Es decir, el D.S. N°17, constituye jurídicamente a nuestro caballo en:

  1. Un bien jurídico de carácter patrimonial;
  2. Un bien jurídico de carácter nacional;
  3. Le concede un nombre propio e inalterable (solo otro D.S. distinto y modificatorio) podría sustituir el nombre actual concedido;
  4. Un bien jurídico que debe ser reconocido internacionalmente por todas las Naciones suscriptoras del Tratado de Washington de 1942, entre ellas todas las Hispanoamericanas;
  5. Un bien jurídico que representa una Raza especial: La raza del caballo chileno.

¿Quién es el único y verdadero dueño del “Caballo de pura raza chilena”?…

El único dueño de este bien nacional – denominado “Caballo de Pura Raza Chilena” –  es la Nación chilena.

A la Nación la representa jurídicamente nuestro Estado.

Las organizaciones privadas y corporaciones, culturales, gremiales, deportivas u otras – como lo es nuestra Federación de Criadores de Caballos Chilenos y nuestras Asociaciones Regionales o Provinciales – son organismos intermedios que coadyuvan a las labores nacionales en virtud del principio constitucional de subsidiariedad.

No pueden ellas, por sí mismas, modificar la condición de bien nacional patrimonial de aquello que así  ha sido declarado por las Autoridades superiores del país , ni modificar su nombre propio, ni nada que altere la sustancia del bien que es de propiedad de toda una Nación.

¿Quién si no el dueño de nuestro caballo – la Nación chilena – puede acordar y decidir el nombre de lo que le pertenece? …

De acuerdo a lo expresado, solo la Nación chilena, a través de nuestro Estado (que es la Nación jurídicamente organizada) que actúa a través de sus autoridades competentes,  puede acordar y decidir acerca del nombre propio de un bien nacional patrimonial. Y esto ya se encuentra definido, del modo que se recuerda.

¿Cómo y porqué el concepto de “criollo” o el término “criollo”  no ha sido nunca ocupado en la legislación chilena ni en los actos jurídicos de nuestro Estado ? …

 El uso de la palabra “criollo” ha sido una cuestión sensible   desde muy antiguo para los  chilenos; e, históricamente siempre  despertó escozores.

Esto se debe a razones históricas conocidas y precisas, que debiésemos explicar, tanto entre nosotros mismos como a las demás personalidades de las naciones extranjeras con las cuáles nos encontramos asociados y por las cuales tenemos el mayor respeto,  y debemos ofrecerles  nuestro mayor respeto.

El hecho cierto es que, en  Chile, conforme a nuestra historia y tradiciones ancestrales, la palabra “criollo” (que efectivamente tiene diferentes acepciones en el Diccionario de la Lengua española, y que posee un origen remoto en el idioma lusitano o portugués) fue ocupada durante un largo tiempo “colonial” – ¡tres siglos! – como el término  despectivo social con que  españoles y europeos (blancos) dominantes  se referían a las personas que habían nacido en Chile y que, en su mayoría, se consideraban  mestizos con indígenas.

Decir “criollo”, durante todo aquel tiempo histórico, fue decir persona o cosa  “sin clase”;  “producto del mestizaje entre una raza buena (la europea) y una mala (la nativa); y recibir por ello un maltrato gravemente discriminatorio en lo social, cultural, político y económico.

El “criollo”, así llamado y tratado por las   clases altas sociales dirigentes, fue durante   años, en Chile,  la persona peor considerada y maltratada en la sociedad chilena.

Al tiempo de nuestra Independencia Nacional,  los patriotas que adhirieron al movimiento independentista,  fueron tratados despectivamente como “los criollos” y, por esta razón, el término se alzó como  símbolo de odiosidad y de desprecio. O’higgins, diríase que por definición, encarnó la figura del “criollo” o “huacho” (así le llamaban) por su condición de hijo nacido fuera de matrimonio entre un europeo y una mestiza provinciana.

En el subconsciente social chileno, desde aquél entonces,  quedó la expresión “criollo” marcada por la terrible minusvalía que ella conllevaba en el lenguaje popular. Pueden exhibirse ciento de ejemplos en este sentido.

En el lenguaje campesino – el más tradicional de los chilenos- la expresión continuó usándose hasta el presente para designar lo “falto de clase”, o todo aquello que posee un origen incierto y desconocido.  – “Esta es un vaca criolla…” se oye decir hasta hoy cuando un animal carece de origen conocido, sin clase,  y se le considera de  una categoría inferior.

A tanto llegó la mala significación de esta palabra que, pocos días después de la Batalla de Maipú, que consolidó el proceso de Independencia, el Director Supremo Bernardo O’higgins, con el objeto de superar las discriminaciones y odiosidades  que se originaban con el uso de los términos “criollos”, “europeos”, “mestizos”,”zambos”, “indígenas” y otros tales, procedió a dictar un Decreto Supremo que obligó legalmente – de allí en adelante – a ocupar  el término de chileno o chilenos, como el único válido para referirse a las personas y cosas de Chile. Un caso legislativo único. Desde entonces, jamás se utilizó en ningún acto de nuestro Estado la desdorosa y lacerante expresión de “criollo” o “criollos”.

Junto a lo anterior, el mismo O”Higgins,  dictó otros Decretos Supremos mediante los cuales, de una parte se abolió para siempre la esclavitud en Chile y, por otra, se abolieron (prohibiendo expresamente el uso)  los títulos nobiliarios.

Esta es la razón por la cual no se encontrará un texto legal en Chile, o un documento oficial, que mencione la palabra “criollo”. Una tradición de nuestra Nación.

En otras nacionalidades de nuestro Continente, la expresión criollo pudo tener una significación diferente o muy diferente, conforme a los usos y costumbres de esas otras  sociedades. Como sucede de corriente con otras palabras que, en ciertas partes pasan por buenas o muy buenas y, en otras, por malas o muy malas, según los usos que una u otra comunidad o pueblo les haya concedido.

 Esto es algo que debemos explicar a las personalidades de los países asociados a la FICC, y es seguro de que ellos comprenderán la posición chilena.

¿Porqué el debate sobre los Registros Genealógicos del caballo de pura raza chilena –si deben ser “abiertos” (a otras naciones) o “cerrados” es,  en las actuales condiciones, un debate inútil?…

Es inútil esta discusión porque en Chile, lamentablemente, no existen (como en la mayor parte de las Naciones desarrolladas),  Registros Genealógicos oficiales de especies y por razas.  No tenemos ni contamos con aquello que, por ejemplo, existe desde hace mucho en toda la Comunidad Europea y, dentro de ella, en España. (Acompaño en un anexo la legislación completa española vigente, para todos los que tengan interés en instruirse acerca de cómo las grandes Naciones hacen bien sus cosas y protegen adecuadamente sus bienes principales).

En Chile, (para el caso de nuestros caballos) los Libros o Registros existen (a pesar de su trascendental importancia)  por una iniciativa privada de personas jurídicas privadas – principalmente la S.N.A. –  que jurídicamente son  organismos gremiales. Ellas son las propietarias legitimas de tales Registros y Libros, y de acuerdo a la ley   los llevan a su modo y conforme lo determinen.

En los países de Europa, continuando con el ejemplo citado, los Registros Genealógicos son oficiales y los lleva el Estado.

De acuerdo a la ley chilena – que contempla una amplia libertad a los privados  para llevar y construir toda clase de base de datos –  la S.N.A., la SOFO o la SAGO, y cualquier persona que tenga interés en ello puede constituir un Registro Genealógico y, libre y voluntariamente,  puede adherir o no a la reglamentación determinada por el SAG, en el conocido Decreto N° 63.

Así, cuando hoy discutimos acerca de si los Registros Genealógicos existentes (los históricos, que pertenecen a la S.N.A.) deben ser abiertos o cerrados, en realidad estamos discutiendo sobre una propiedad ajena.

Jurídicamente hablando, esta discusión es exactamente igual a si lo hiciésemos (¡y nos dividiéramos por ello ¡ ) sobre si tal casa debe llevar o no rejas y portones, o debiera pintarse de uno u otro color, en circunstancias que la casa es ajena, propiedad de un tercero, y no nos pertenece… ¿No es absurda, acaso, una discusión tal?…

¿Cuál es la solución real que podemos construir en adelante ?…

Hay  dos caminos posibles:

  1. Convencer a las autoridades de Gobierno para que, finalmente, en relación a las especies animales y las razas – autóctonas o extranjeras – se dicte una legislación moderna y completa como la que existe hoy en día en la Comunidad Europea. (Ver en anexo la moderna legislación europea, para que se advierta cuán atrasados nos encontramos en este aspecto en relación con las Naciones principales del mundo actual).
  2. Que nuestra Federación de Criadores, constituya un Registro Genealógico propio, se adhiera como conservador al D.S. N° 63 del Ministerio de Agricultura, y obtenga con el tiempo (lo que no es nada de fácil) que los criadores nacionales (acostumbrados por más de cien años a inscribir sus productos en el Registro de la S.N.A.) concedan su confianza a estos nuevos Libros.

Mientras lo anterior no ocurra, solo la S.N.A. (y demás corporaciones gremiales privadas Agrícolas del país que lleven Registros) podrán hacer o no hacer lo que ellas mismas soberanamente determine.

Nadie puede obligarlas a hacer lo que ellas mismas, legítimas propietarias intelectuales de esos Registros o Bases de Datos, no deseen o no consideren necesario hacer.

Esta es la verdad.

En cuanto a los Registros históricos, de acuerdo a la legislación chilena sobre propiedad intelectual, deben considerarse también otros aspectos jurídicos que no es del caso analizar aquí más latamente.

¿Por qué es bueno y de gran conveniencia para todos los asociados,  el que nuestra Federación de Caballos de Criadores de Caballos Chilenos continúe siempre perteneciendo a la FICC?

Pertenecer a la FICC es para los criadores chilenos una gran oportunidad de intercambio de conocimientos y progreso en sus trabajos, los que se enriquecen mutuamente con tales relaciones internacionales.

Así lo han comprendido por ejemplo los países miembros de la Comunidad Europea,  aunque toda esa clase de relaciones internacionales han sido debidamente legisladas y reglamentadas, para evitar los inconvenientes y confusiones que suelen presentarse.

El hecho de que las naciones pertenecientes a la FICC cuiden y protejan sus propios caballos (como lo ha hecho Uruguay y Brasil, antes que nosotros, declarando a sus caballos como Monumentos Nacionales) no significa ni puede significar que nosotros, los chilenos, debamos abstenernos o renunciar a hacer todo aquello que libremente consideremos mejor para el desarrollo de nuestros propios intereses. Nadie ha pedido ni puede pedir algo de esta naturaleza.

La FICC, como todas las sociedades o asociaciones que existen, se originan en el principio de que partes o asociados   distintos, aporta cada quien lo suyo, y se unen para contribuir a un propósito superior. Para esto son las sociedades: para reunir aportes diferentes y, entre todos, obtener un fin superior.

Si una sociedad – cualquier sociedad de personas o instituciones – se construye sobre la base de que una parte impone a la otra condición o renunciamientos que supongan   hegemonías de unos sobre otros – lo que no es del caso – tal sociedad no merece ese nombre sino otro diferente.

A los chilenos nos conviene mucho ser parte de la FICC, bajo normas de respetos recíprocos por el valor de lo que cada una de sus partes aporta al acervo común.

La FICC es una institución llamada a jugar un papel muy importante en el mundo del caballo, y debe fortalecérsela y profundizar los lazos de intercambios. Y, para ello, no es de modo alguno necesario renunciar – por ninguno de sus miembros – a todo aquello que les es propio por naturaleza.

¿Porqué no existe inconveniente  ni contradicción alguna en pertenecer a la FICC y, a un tiempo, designar a nuestro caballo como MIONUMENTO NACIONAL y llamarlo como es debido: “caballo de pura raza chilena”…?  

Los Estados de Uruguay y Brasil – por de pronto- han nombrado oficialmente, hace algún tiempo,  a sus respectivos caballos como Monumentos Nacionales de sus países, parte de los patrimonios nacionales respectivos.

¿Por qué, entonces, si el Estado de Chile hace lo mismo que las dos naciones nombradas, ello podría constituir una razón de dificultades entre los países miembros de FICC?…

En Uruguay y Brasil llaman a sus propios caballos “Criollos Uruguayos” y “Criollos Brasileños”. Así lo determinaron, en cada caso ellos mismos, de acuerdo al ejercicio de un propio derecho indiscutible.

Imaginemos por un instante qué ocurriría si, la parte chilena, por sus propias razones pretendiera exigir a  los demás países miembros de la FICC que renunciaran al nombre de “Criollos” , aduciendo que esta palabra tiene en la sociedad chilena una significación peyorativa o despectiva.

En este caso, los demás países integrantes de FICC,  creerían que nos hemos vuelto locos, y que les faltamos el respeto de un modo inaceptable. Tendrían toda la razón.

Pues bien, del modo contrario, uno puede preguntarse por qué los demás países que integran FICC, o alguno de ellos, podrían pedirle a Chile que cambiara el nombre propio de  nuestros caballos.

¿Qué sucedería – otro ejemplo práctico y sencillo- si uno o más países de la Comunidad Europea le solicitase o exigiese a España, en cuanto miembro de esa organización económica y política, que renunciara a su Caballo de Pura Raza Española,  a su nombre y reconocimiento como raza especial?… Nadie lo entendería ni  se atrevería a hacer tamaña proposición. Y, nadie tampoco, podría creer que la Comunidad terminaría porque España defiende su patrimonio cultural.

A la mesa de Hispanoamérica debemos ir todos con nuestros mejores aportes, nuestras galas y nuestros valores, para compartirlos con generosidad en cuanto se aprecien por lo demás como valiosos, pero sin descuidar, abstenernos ni renunciar a nada de aquello  que hace parte de nuestro Patrimonio Cultural Nacional.

¿Porqué otros grandes países del mundo, famosos por su patrimonio ecuestre, han actuado en el mismo sentido que – con tanta tardanza – lo está haciendo ahora Chile?…

Debemos reconocer que Chile, en cuanto Nación, ha sido muy pobre y descuidada, durante mucho tiempo, en todo lo que dice al cuidado de su patrimonio nacional. En todas las esferas.

En cuanto al caballo chileno y su raza – partes de nuestro patrimonio- no ha existido una legislación ni actos de gobierno importantes que le hayan reconocido su enorme importancia.

El D.S. N° 17 es solo un primer paso en la dirección correcta, pero deberemos hacer, todos unidos, un largo camino hasta alcanzar el nivel de protección y cuidado que se observa hoy en las Naciones desarrolladas del mundo moderno sobre esta precisa materia.

Para no extender en demasía este texto, acompaño adjunto toda la legislación española vigente, que nos puede servir como un ejemplo de la enorme tarea que nos queda por delante.

Se trata de un texto muy largo (más de 70 páginas de disposiciones legales y reglamentarias muy completas). Cabe esperar que los verdaderos interesados en este tema puedan leer y estudiar esa legislación (que no es la única, pero sí la más fácil de estudiar por cuestiones de idioma).

Leyendo tan solo el índice que precede esos textos de ley españolas, podrán darse cuenta de lo muy atrasados que nos encontramos.

¿Cuál debiera ser nuestra tarea común próxima?.

Seguir con atención los pasos que las naciones modernas del mundo han ido construyendo en defensa de sus patrimonios y del caballo en especial.